Hoy ha sido el funeral, y Lionel Richie ha puesto a punto su perilla como en las mejores noches. Aquellas de los ochenta en las que era un clon del personaje del Príncipe de Zamunda que hacía de yerno del McDowells. En aquella película el reverendo Brown presentaba a Chocolate Sexy, un pedazo de grupo estética Purple Rain, que no habría desentonado en el funeral, sobre todo por aquello de: "Creo que el futuro es de los niños...". Para muestra un botón:
En el funeral ha estado Magic Johnson, gordo como el célebre barril de Heidelberg, acompañado de Briant, el compadre de Gasol. Ha pasado por el escenario Stevie Wonder, al que dentro de poco no le quedará pelo para las rastas, y tendrá que replantearse de golpe toda su vida. Cuando veo a Wonder, además del Si bebes no conduzcas, mi mente hace una extraña asociación de ideas que me lleva, de golpe, a Gene Wilder, por aquello de la Mujer de rojo. También han subido muchos negros trajeados, de esos que sólo salen en El Príncipe de Bel Air o en las películas de Eddie Murphy. Queen Latifah ha leído, que no cantado, y me sigue poniendo como la primera vez que la vi en esa infame película que hizo con el Eddie Murphy blanco: Steve Martin.
En el funeral de hoy ha faltado algún fichaje de Florentino besando el escudo o diciendo Hala Madrid, y saludando al respetable, como se dice en el argot futbolístico, el escenario era idéntico, además de que tanto para Jackson como para los galácticos el color favorito es el blanco.
Es de esperar que ahora salte por los aires material de Jackson por un tubo; que si ensayos, canciones no publicadas, biografías, y demás mierda. Lo que de verdad nunca esperaba es que con el cadáver aún caliente ya haya quién afirme que el fantasma de Michael ronda por Neverland, y no sólo que lo afirme, sino ¡Que lo haya grabado y emitido en directo en el programa de Larry King! Este es el vídeo:
En fin, que sentado en la terraza de la playa, y respirando el aroma a jazmín y galán de noche, lanzo mi pequeño homenaje a Michael Jackson, al que por otro lado nunca le he prestado la menor atención salvo aquellas veces que Oscar Moñino, un compañero del colegio, lo imitaba poniéndose en pié, tocándose sus partes, cada vez que el profesor abandonaba por un instante el aula.



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