Hace años, allá por los años centrales de esta década, desempeñé labores de cierta responsabilidad en una multinacional. Es importante señalar que esta empresa, presente en casi todos los países del mundo, cotiza en la Bolsa de Nueva York y factura millones y millones de euros, de los cuales, yo contribuí desde mi puesto en un pequeñísimo porcentaje.
Cada mes, aproximadamente, la empresa reunía en Madrid a los responsables de cada delegación, haciendo coachings, osea: reunirnos para convencernos de que éramos los mejores y no perdiésemos la motivación. En cada encuentro se celebraba alguna actividad de grupo que fomentase el buen rollo. Una de esas actividades fue el Paintball.
El destino, el azar, o lo que quiera que sea, deparó que el Director General en España y yo acabáramos compartiendo no sólo equipo, sino trinchera, ataviados con nuestro mono, nuestro casco, protectores, y por supuesto... el rifle.
Escondidos tras una baliza, tendidos completamente en el suelo y escuchando el silbido de los proyectiles sobre nuestras cabezas me sentí un tanto extraño. En un momento dado un disparo hizo blanco en el guante del poderoso Director General, por lo que para él el juego había terminado. Yo, entre pelota y empático dije: "Joder... qué putada", a lo que él respondió: "Calla ostias, calla", mientras se limpiaba en el césped la pintura con el fin de hacer desaparecer cualquier rastro de haber sido eliminado. En ese preciso momento me di cuenta de dos cosas: Se necesita tener una madera especial para llegar a esos puestos, y que yo nunca sería Director General.
NOTA: La foto es real, tomada minutos antes y entre las cabezas blancas está el citado Tiburón.
Cada mes, aproximadamente, la empresa reunía en Madrid a los responsables de cada delegación, haciendo coachings, osea: reunirnos para convencernos de que éramos los mejores y no perdiésemos la motivación. En cada encuentro se celebraba alguna actividad de grupo que fomentase el buen rollo. Una de esas actividades fue el Paintball.
El destino, el azar, o lo que quiera que sea, deparó que el Director General en España y yo acabáramos compartiendo no sólo equipo, sino trinchera, ataviados con nuestro mono, nuestro casco, protectores, y por supuesto... el rifle.
Escondidos tras una baliza, tendidos completamente en el suelo y escuchando el silbido de los proyectiles sobre nuestras cabezas me sentí un tanto extraño. En un momento dado un disparo hizo blanco en el guante del poderoso Director General, por lo que para él el juego había terminado. Yo, entre pelota y empático dije: "Joder... qué putada", a lo que él respondió: "Calla ostias, calla", mientras se limpiaba en el césped la pintura con el fin de hacer desaparecer cualquier rastro de haber sido eliminado. En ese preciso momento me di cuenta de dos cosas: Se necesita tener una madera especial para llegar a esos puestos, y que yo nunca sería Director General.
NOTA: La foto es real, tomada minutos antes y entre las cabezas blancas está el citado Tiburón.



3 han comentado ya:
Que sepas q tu silencio te hace complice!!!
lo suyo es llamar al arbitro y denunciar la infraccion, aunque sea el director general.
Con un par!
Excelente post. De lo mejor que he leído en mucho tiempo, gran lección.
Jo, tio, esta es la prueba evidente de que hay otros mundos pero están en éste.
Y la foto es de peli de ciencia ficción taquillera.
Saludos!
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